Los agricultores de EE.UU. temen la próxima gran crisis del sector

Agricultura

Un declive de varios años en los precios del maíz, el trigo y otras materias primas agrícolas como consecuencia de un exceso mundial de granos ha obligado a muchos agricultores a endeudarse. Algunos están abandonando la actividad, generando temores de que se produzca la mayor ola de cierres de haciendas desde los años 80.

 

 

 

Por Jesse Newman y Patrick McGroarty - The Wall Street Journal

 RANSOM, Kansas, EE.UU. El cinturón agrícola de Estados Unidos se encamina a marcar un nuevo hito: pronto habrá menos de dos millones de haciendas en el país por primera vez desde que los pioneros colonizaron el oeste tras la compra de Luisiana.

Un declive de varios años en los precios del maíz, el trigo y otras materias primas agrícolas como consecuencia de un exceso mundial de granos ha obligado a muchos agricultores a endeudarse. Algunos están abandonando la actividad, generando temores de que se produzca la mayor ola de cierres de haciendas desde los años 80.

La participación estadounidense en el mercado global de granos es menos de la mitad que el nivel que tenía en los años 70. El Departamento de Agricultura proyecta que una caída de 9% en los ingresos de los agricultores del país en 2017, el cuarto declive anual consecutivo en lo que constituye el mayor bajón del sector desde la Gran Depresión de los años 30.

“Uno ahorra en esto y lo otro y de repente ya no queda de dónde ahorrar”, cuenta Craig Scott, un agricultor de quinta generación de esta localidad de Kansas.

Desde el frente de la casa de su padre, el agricultor de 56 años puede ver el ventoso lugar donde estaba la vivienda de adobe de sus bisabuelos en 1902, cuando plantaron la primera de las cerca de 500 hectáreas en la que la familia cultiva hoy alfalfa, sorgo y trigo. Pero incluso después de haber tenido una de las mejores cosechas de trigo el año pasado, gracias a la lluvia abundante y un invierno benigno, Scott no está seguro de poder mantener el negocio a flote.

Los costos de las semillas, el fertilizante y el equipamiento han subido tanto y los precios de los granos han bajado tanto que de todas maneras perdió más de US$300 por hectárea. Ante el temor de una nueva pérdida, Scott optó por no plantar cerca de 70 hectáreas de trigo de invierno, o casi un tercio de la superficie habitual. No es un caso aislado. Los agricultores estadounidenses plantaron en esta temporada la menor área de trigo de invierno en más de un siglo.

“Ya nadie sólo cultiva granos”, lamenta Deb Stout, cuyos hijos Mason y Spencer se dedican a la hacienda de la familia, de unas 800 hectáreas, en Sterling, Kansas, a unos 190 kilómetros de Ransom. Spencer también trabaja como mecánico mientras que Mason es un cartero sustituto. “Contar con un empleo adicional parece ser la única forma de lograrlo”, dice Deb.

Ella y su esposo ya solicitaron protección de la ley de bancarrota en el pasado. Los agricultores en las inmediaciones de Sterling registraron una pérdida promedio de US$6.400 en 2015, el último año del cual hay cifras disponibles, después de una ganancia de US$80.800 el año anterior, según la Kansas Farm Management Association.

 

 

La agricultura siempre ha sido un negocio marcado por los ciclos de auge y caída. Hoy, los vaivenes son más pronunciados y menos predecibles gracias a la internacionalización de la economía agrícola, donde más países exportan alimentos y nutren a sus respectivas poblaciones.

La participación de los agricultores estadounidenses en el comercio mundial de granos ha caído de 65% a mediados de los años 70 a 30% en la actualidad, disminuyendo su influencia sobre los precios. La presencia de más productores y compradores en todo el mundo también significa que el mercado es más susceptible a interrupciones como el clima, la hambruna o una crisis política.

Hace algunos años, la variación de los precios del maíz entre un año y otro no superaba US$1 por bushel. Desde 2006 en adelante, sin embargo, han subido y bajado más de US$4 por bushel.

Hace una década, el auge del biocombustible en EE.UU. y de la clase media de China elevó los precios de cultivos como el maíz y la soya. Muchos agricultores de EE.UU. gastaron las ganancias de la época de vacas gordas comprando tierras y maquinaria de medio millón de dólares.

El auge también incentivó un alza de la producción en otros países. Los agricultores de todo el mundo cultivaron unas 73 millones de nuevas hectáreas en los últimos 10 años. Los menores costos de producción, la cercanía a los mercados de crecimiento más acelerado y una mejora de la infraestructura les otorgó una ventaja a los agricultores de otros países.

La producción de maíz y trigo nunca ha sido mayor, pero jamás se había almacenado tanto grano.

 

 

Desde inicios del siglo XIX hasta la Gran Depresión de los años 30, la cantidad de granjas en EE.UU. creció de manera constante conforme los pioneros se expandían hacia el oeste del río Mississippi. Las familias habitualmente tenían una combinación de cultivos y ganado en una extensión que no superaba los cientos de hectáreas. Después de la Segunda Guerra Mundial, las cosechadoras y otras tecnologías permitieron a los agricultores cubrir más terreno. Hace dos décadas, la llegada de las semillas transgénicas los ayudaron a aumentar sus rendimientos.

Las granjas se volvieron más grandes y especializadas. Las operaciones a gran escala ahora representan cerca de la mitad de la producción agrícola estadounidense. La mayoría, incluso algunas de las mayores, sigue estando en manos de familias.

A medida que aumentaba el tamaño de las haciendas, su número disminuía, pasando de seis millones en 1945 a poco más de dos millones en 2015, acercándose a un umbral que no se había visto desde mediados del siglo XIX. El total de hectáreas cultivadas en EE.UU. descendió 24%, a 369 millones.

Rusia, en cambio, pasó en los últimos 25 años de ser el mayor importador de trigo al mayor exportador, señala Dan Basse, presidente de la firma de investigación agrícola AgResource Co. Los agricultores rusos plantaron más trigo el año pasado para aprovechar el alza del dólar frente a un sinnúmero de monedas. Eso incentiva a los rusos a exportar la mayor cantidad de trigo posible para obtener dólares, que luego convierten en cerca del doble de los rublos que recibían hace tres años.

El alza del dólar también abarata las exportaciones de los agricultores de otros países. “Mientras el dólar se mantenga fuerte, los agricultores estadounidenses están en desventaja”, reconoce Basse. “Es un desangramiento lento, no un corte directo a la yugular”.

El gobierno de Barack Obama acusó a China el año pasado de subsidiar en forma desleal la producción de trigo y limitar de manera injusta las importaciones de granos en desmedro de los agricultores estadounidenses. El Departamento de Agricultura de EE.UU. informó en octubre que proveería más de US$7.000 millones en asistencia financiera para ayudar a los agricultores a sortear el bajón.

Las exportaciones de trigo de EE.UU. durante la última temporada fueron las más bajas en casi medio siglo, aunque el gobierno proyecta un alza este año. Basse sostiene que dentro de cinco años exportar trigo no será económicamente viable para los agricultores estadounidenses.

 

 

Los economistas no prevén que el actual bajón alcance la severidad de la crisis de los años 80, cuando los precios de los granos se derrumbaron después de un alza de una década que llevó a los agricultores a expandirse, acumulando deuda. Los valores de las tierras agrícolas se desplomaron y las tasas de interés se dispararon. Muchos agricultores y bancos terminaron en la quiebra.

Se espera que ahora, sin embargo, los precios de las tierras se mantengan más estables. Los ingresos de los agricultores alcanzaron niveles récord en 2013, dejando a una buena cantidad con mucho efectivo en sus bolsillos. Las tasas de interés siguen en mínimos históricos. Aunque se prevé que la relación deuda-activos de los agricultores suba en 2017 por quinto año consecutivo, sigue cerca de mínimos históricos.

Los costos de insumos como el fertilizante han descendido y los economistas proyectan una mayor presión sobre los precios de las semillas y las tarifas de alquiler de tierra. La situación podría mejorar si el mal clima reduce las cosechas, lo que estimularía la demanda del suministro excedente de EE.UU. Además, pocas comunidades rurales dependen hoy de la agricultura para su sustento económico, lo que las protege del mal momento que atraviesa el sector.

Para algunos, se trata de una oportunidad. Los agricultores con poca deuda y suficiente escala para aprovechar las cosechas récord del año pasado podrían estar en condición de alquilar o comprar los terrenos de sus vecinos más atribulados.

Lee Scheufler, de 65 años, ha multiplicado casi en 10 el tamaño de su hacienda en Sterling con el correr de los años, tras comenzar con unas 240 hectáreas hace cuatro décadas. Luego de haber ahorrado durante la época de bonanza, acaba de comprar y arrendar tierra de alta calidad para reemplazar algunos de sus activos más débiles.

“Tratamos de estar preparados para cuando ocurra lo inevitable”, dice Scheufler y agrega que algún día le gustaría traspasar sus tierras a un agricultor más joven que recién esté dando sus primeros pasos, como un vecino lo hizo con él.

 

 

Una fría tarde de octubre, Scheufler condujo su cosechadora por el primer campo que compró. La máquina pasó por hileras de soya dorada. Un halcón seguía de cerca la cosechadora en busca de algún ratón mientras Scheufler recordaba los nombres de los agricultores cuyas tierras había adquirido: Ted Hartwick, los Matthews, los Profits, su padre. “Cada propiedad tiene su propia historia”, explica.

A fines de los años 70, se unió a una manifestación de miles de agricultores en Washington que le pedían al gobierno que abordara el problema de los bajos precios de los granos y los cierres de haciendas. Mientras algunos conducían sus tractores por la capital, su grupo tocaba una campana cada cinco minutos para simbolizar el ritmo al que cerraban las fincas agrícolas. Este año, se ha acordado a menudo de esa época.

“La posibilidad de una gran crisis es real”, asevera. “Si las cosas siguen como ahora, todavía no hemos visto nada”.

En Ransom, Scott ha recurrido a la ayuda del gobierno para contar con un ingreso estable. Colocó casi 70 hectáreas en un programa de conservación del gobierno que les paga a los agricultores para plantar pasto en lugar de cultivos. Parecía la única opción a su disposición luego de gastar cerca de US$6,50 por bushel en semillas, fertilizante, combustible y pesticidas para plantar trigo el año pasado y ganar apenas US$2,90 por bushel.

Otros agricultores han tirado la toalla. Scott se graduó de la secundaria de Ransom hace casi cuatro décadas en una clase en la que había 28 estudiantes, la mayoría de ellos hijos de agricultores. Este año se graduarán sólo nueve alumnos. “Las haciendas se expandieron para ser más eficientes, pero hicieron que estos pueblos murieran en cámara lenta”, dice Scott.

La cafetería Loaves n’ Fishes, en Ransom, apenas generó una ganancia el año pasado, cuenta su propietario, Monty Roth, quien advierte que la puede cerrar este año si no repuntan las ventas. El petróleo, el otro negocio importante de Ransom, ha sido afectado por la caída de los precios desde fines de 2014. La mayoría de los trabajadores del sector se han ido de la ciudad.

En Great Bend, a unos 130 kilómetros de Ransom, Les Hopkins acaba de vender su concesionario de John Deere luego de que las ventas prácticamente se paralizaron. Los agricultores que financiaron las compras de maquinaria le deben unos US$100.000. “El dinero se fue”, admite.

Los banqueros dicen que muchos agricultores están gastando sus ahorros para mantenerse a flote y prevén que algunos opten por jubilarse en lugar de seguir perdiendo dinero. Los agricultores jóvenes que carecen de grandes ahorros son vulnerables, al igual que los cultivadores de mayor envergadura que se endeudaron con el fin de expandirse. Algunos sellaron arriendos de varios años a alquileres muy altos.

El motor del tractor de David Radenberg dejó de funcionar el año pasado mientras sembraba trigo en la granja de su familia de casi 1.000 hectáreas en Claflin, a unos 145 kilómetros de Ransom. No tenía dinero para arreglarlo.

“Te dan ganas de llorar cuando te enteras de cuánto cuesta”, dice. Decidió vender el tractor por US$10.500 y usar un modelo más antiguo. Si los precios de los granos siguen bajos, podría vender la hacienda. Después de 30 años, esta cosecha podría ser la última. “¿Consigo un trabajo en Wal-Mart saludando a la gente o en el taller de mecánica?”, pregunta.

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